The 50 Best Blocks in Brooklyn

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Un artículo de The L Magazine: http://www.thelmagazine.com/gyrobase/the-50-best-blocks-in-brooklyn/Content?oid=2218903&showFullText=true

Un estudio de los rincones de Brooklyn, la nueva Manhattan. Donde están ahora los más cool, pero también donde permanecen aún los otros neoyorquinos, los que vivían en Brooklyn cuando era ese Brooklyn lejos de la gran ciudad. El Brooklyn en el que habitaban los judíos de Woody Allen y otros outcasts. Ese Brooklyn un poco decadente e industrial, de paisajes cortados por fábricas y humo.

Entre las mejores 50 cuadras del texto de The L Magazine no están sólo los rincones esperables (la mejor cuadra para comer comida asiática: no china, que podría ser otra cuadra, sino comida asiática a secas, ecléctica). También está la mejor cuadra para fumarse un porro (Gregory Place, entre Baltic y Butler, Park Slope).

La que representa mejor la gentrificación (o aburguesamiento) del que antes era un barrio obrero y ahora es el mejor lugar para criar a tus hijos, si eres un vegano que sólo consume productos orgánicos, se transporta en dos ruedas, es ecológicamente consciente y jamás permitiría que al cuerpo de sus hijos entrara cualquier comida industrial (por eso amo Bored to death, una carta de amor no a Nueva York, sino a Brooklyn, donde se burlaron constantemente de este tipo de sujetos).

Luego, J me informó que Williamsburg ya no es la meca del hipsterismo (ya está descubierto, ya es casi una franquicia). Lo de hoy es Bushwick, donde viven los verdaderos struggling artists, me explica. “Medio peligroso, lleno de lofts y sólo vas si sabes de una fiesta”. Entonces encontré este link: http://scallywagandvagabond.com/2011/06/the-reinvigoration-of-the-bushwick-hipster/ donde se refuerza esta idea. Tal vez -me aventuro a hacer esta aseveración- Buschwick es lo que Greenwich Village fue hace muchos, muchos años. Lo que aquí fue la Condesa también.

Fauna de este barrio, según el texto de Scallywag and Vagabond:

schmoozing with gypsy clothed truck drivers (who live there of course), brainy geek dj’s, vixen hawt girls who wear canvas jumpsuits smoking Marlboro Lights whilst sitting on the hood of some car

Luego caí a este otro, una entrevista con Eileen Myles, escritora: http://therumpus.net/2011/04/the-rumpus-interview-with-eileen-myles-2/ sobre su juventud en Nueva York. El descubrimiento de la sexualidad, la poesía, el oficio de la escritura.

Me gusta ese Nueva York, el que no es sólo Manhattan y Central Park.

Metro neoyorquino (la foto es mía, por eso es mala).

Apuntes sobre Urban Matrimony and Sandwich Arts

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Todo lo que está mal en este episodio:

1. Hacerlo Shirley-céntrico. Vamos sincerándonos: Shirley, luego de Pierce, es el personaje menos simpático de la serie. No porque sea una señora. No porque sea negra. No porque sea cristiana. Al contrario, esos tres elementos la hacen distinta, única y posiblemente fascinante. Pero Shirley habla como tarada, y las personas que hablan como taradas deberían tomar lecciones de dureza con algún ex convicto. Cada que hace su vocecita me dan ganas de que algún personaje le dé un ponchazo y la enseñe a hablar.

Shirley no me molesta. Estoy con los que afirman que su presencia en Community es muestra de liberalismo, que por primera vez en el medio un personaje cristiano es respetado, explorado, mostrado en toda su complejidad, y no como motivo de burla (ya tenemos demasiados escritores demócratas).

Creo que fue un error volver de un hiatus extendido con un episodio que se centra en un personaje poco empático. Además, con tantas ambigüedades: cuando el esposo le grita que su lugar es en la cocina, uno piensa que la boda siempre fue un error, porque André es un machista y además un cuernero. Pero cuando ambos entienden que las promesas se hacen todos los días y que las personas cambian, ¡oh Dios! ¡Ese matrimonio debe llevarse a cabo en cuanto antes!

En la universidad también teníamos una amiga así, ¿y saben qué hacíamos? La abríamos.

2. A estas alturas, el conflicto irresuelto de Jeff con su padre ha quedado más que comprobado. Hacerlo sufrir una catarsis borracha no le agregó más capas al conflicto, tal vez al contrario.

3. ¿No Chang? ¿En serio? ¿No Chang?

Todo lo que está excelso en este episodio:

1. Referencias oscuras a la cultura pop antes de los créditos: cuando Pierce entra y Troy le pregunta:

Why do you look like a wealthy murderer?

American Pyscho 101.

Christian Bale sentiría celos.

2. Britta. Es increíble cómo en los primeros episodios me parecía un personaje chocantísimo, pero cada vez, a fuerza de bullying constante (you’re the AT&T of people y el verbo brittearla), conservó su esencia pero se hizo humana. Tiene ideales. Es izquierdosa. Si viviera en México pasaría su tiempo libre en Coyoacán y Tepoztlán. Fuma marihuana. Gillian Jacobs ha hecho un gran trabajo de comedia con ella.

2. Troy & Abed, que fácilmente son lo mejor de Community.

Troy and Abed being normal.

Qué alegría reencontrarse con la peluca del papá de Pierce al salir del Dreamatorium, después de saturarse de weirdness.

Pero lo mejor es esos momentos en que Abed, por amor a la comedia, decide ser normal (el más famoso es en ese episodio de My dinner with Andre/Pulp Fiction). Siempre que lo hace logra verse guapísimo:

3. El clásico Shut up, Leonard.

4. Dean Pelton.

Sobre Rape New York

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Qué lectura tan brutal es ésta: Jana Leo, una arquitecta española, narra en el primer capítulo la violación no-violenta que sufrió en su propio departamento en Harlem. Un edificio que se caía a pedazos, sin seguridad, y a veces sin agua ni calefacción. En un barrio históricamente asociado a la pobreza y la negritud.

En la contraportada dicen que el libro no es memoria ni manifiesto. Acaso no es nada en específico: un texto monumental sobre la violación, sobre feminismo, sobre la especulación de bienes raíces, sobre Nueva York. Un estudio tanto sociológico como criminalístico sobre el concepto de casa y hogar. Sobre la incidencia de crímenes violentos en los grupos más vulnerables, en las zonas más pobres y marginadas de una ciudad.

Esta parte me conmovió casi hasta llorar:

My friend L told me that when she was raped, the thought “here it is” came to her, as if rape is something every woman fears and expects to happen. The probability is that a woman has to assume that if she hasn’t already been raped, she very possibly will be in the future. And if she has, she may be raped again. The ghost of rape is attached to be a woman. 

Hablar de la violación de esta forma es aplastante, pero tan necesario. Deconstruir la idea de la violación como un sometimiento que te despoja de identidad, de humanidad, de la sensación de privacidad y dominio sobre tu propio cuerpo. Entrar en un cuerpo sin permiso, y que eso suceda en tu propia casa, rompiendo dos principios a la vez: el del hogar y el de la propiedad. Derribar tus derechos más elementales. No es casualidad que la palabra que Jana use, a lo largo de todo el libro, sea rape, una palabra fuerte, que reverbera, y no assault, sexual attack, violation…

Una parte se titula Defeated by New York.

Supongo que eso es lo fascinante de Nueva York, que es lo mismo que fascina del DF. La grandeza de una ciudad cientos, miles de veces evocada. Lo bello y lo horrible. Los túneles oscuros del metro. El asfalto reventado. Los puentes. Los museos. Los sitios turísticos. Los barrios de artistas que adquieren plusvalía.

En una entrevista con Jana Leo, una mujer extraordinaria, de una fría inteligencia y con valores terminantes y por eso mismo extremadamente admirables, ella comenta sobre Nueva York:

 In the city do you recognize the buildings or do you recognize the grid? Suddenly I was in the grid, seeing what is connecting things, seeing a different city.

Acá se lee: http://urbanomnibus.net/2011/03/rape-new-york-by-jana-leo/

Muchas gracias a Alón por prestarme el texto.

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Sobre amor y deseo, Zygmunt Bauman dice:

El deseo es el anhelo de consumir. De absorber, devorar, ingerir y digerir, de aniquilar. El deseo no necesita otro estímulo más que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es el impulso a vengar la afrenta y disipar la humillación.

(…)

El amor es el anhelo de querer y preservar el objeto querido. Un impulso centrífugo, a diferencia del centrípeto deseo. Un impulso a la expansión, a ir más allá, a extenderse hacia lo que está “allá afuera”. A ingerir, absorber y asimilar al sujeto en el objeto, y no a la inversa como en el caso del deseo.

Al final, ambos son destructores: uno por medio de la aniquilación y el otro a través de la perpetuación.

Al leerlo, pienso en el caníbal japonés cuya entrevista compartí hace poco:

http://www.viceland.com/int/v16n1/htdocs/whos-hungry-502.php

El tipo que mató a su mejor amiga y luego se la comió, cocinándola en parte, cruda en su mayoría (menciona que el cuello y la lengua fueron las partes más deliciosas), explica que lo suyo es nada más un fetiche. Un impulso sexual llevado al extremo. Y comenta, tranquilamente:

Georges Bataille believed that the kiss is the beginning of cannibalism, and I agree. I feel like it stems from the same instincts of wanting to “taste” the other.

¿Cuántas veces un beso apasionado está cerca de ser otra cosa, un salvajismo, antropofagia pura? El verdadero deseo es aquel que se nutre de consumir el cuerpo del otro. Todos esos fetiches ante los que nos escandalizamos (golden shower, coprofagia, la ingesta de saliva, sangre menstrual, etcétera) no son más que intentos por poseer al otro cada vez más profundamente. Cuando los besos y las caricias no bastan, cuando el deseo es más fuerte que eso, necesitamos algo más primitivo, algo de más adentro.

James Franco, escritor

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Debería poderse escribir una reseña de Palo Alto Stories (2010) sin mencionar que su autor es James Franco. Tal vez sería más honesto. Ir de lleno a la materia del libro y no detenerse en ese detalle, que lo cambia todo, a pesar de que creamos que los libros son lo que son por sí solos, que se sostienen sin el peso del nombre de su autor. Está la anécdota de cuando Doris Lessing, ya consagrada, publicó dos novelas con el seudónimo de Jane Summers, que pasaron sin pena ni gloria mientras nadie supo que provenían de su pluma.

Aquí, todo lo contrario: no podemos tratar el primer libro de cuentos de James Franco como el primer libro de cuentos de un escritor novato, que es casi siempre, cuando todavía no lo conocemos, su carta de presentación; un primer ejercicio, torpe y tembloroso, que puede o no guardar la esperanza de un futuro gran escritor. En este caso, ya conocemos bien al escritor: es una estrella de cine. Sin leer nada todavía, podríamos pensar que la empresa es ociosa. ¿Por qué una joven estrella de cine, que ya se ganó cierta fama gracias a ciertos papeles (como la pareja sentimental de Harvey Milk en Milk, por ejemplo), que parece contar con la aprobación general de los críticos, busca de repente escribir? ¿Por qué la incursión en otras disciplinas? De alguna forma, no es como cuando Steve Martin o Hugh Laurie publicaron sus novelas. Como actores veteranos (por lo menos en edad), su necesidad de explorar otras facetas estaba mejor explicada. En Franco parece a primera vista pedantería o ingenuidad.

De manera que no puede escribirse cualquier cosa sobre Palo Alto Stories sin hacer mención a James Franco y su fama como actor. El atractivo freak de Freaks and geeks (serie de televisión “de culto” que duró sólo una temporada, ambientada en una preparatoria gringa en la década de los ochenta). El joven James Dean en una película para televisión que luego se convirtió en el antagónico de mirada perdida en Spider Man. El muchacho de sonrisa kilométrica y ávido fumador de marihuana que condujo los premios Oscar con las pupilas dilatadas. En Saturday Night Live, una muy precaria imitación de él se concentra en representar a un tipo con neurosis de todólogo que quiere dirigir, escribir, iluminar y sostener el micrófono al mismo tiempo. Ahí viene James Franco, al que sólo le falta cocinar mole los domingos.

En 2006 se inscribió en la UCLA para terminar su educación universitaria con especialización en escritura creativa. En 2010 ya era estudiante en Columbia, NYU y el Brooklyn College. Todo mientras hacía apariciones en la telenovelaGeneral Hospital, en la que interpretó a un artista conceptual llamado Franco, cuyas obras terminaron exhibiéndose en el Museum of Contemporary Art de Los Angeles (MOCA). Al respecto, el mismo Franco escribe en el Wall Street Journal que su aparición en la telenovela es auténtico performance art: «Interrumpí el pacto ficcional del espectador pues, sin importar mi compenetración con el personaje, siempre sería percibido como algo que no pertenece al increíblemente estilizado mundo de las telenovelas. Todos verían a un acto que reconocerían, una persona real en un mundo ficcional. En el performance, el resultado es incierto –y esto no fue una excepción».

No sorprendería saber que Franco es seguidor de Baudrillard, finalmente su educación universitaria es intimidante: estudió escritura creativa en la UCLA en 2009, se enroló en Columbia (escritura), NYU (dirección de cine), Brooklyn College (escritura) y el Warren Wilson College de Carolina del Norte (poesía). Además, un doctorado en Yale, con planes para asistir en 2012 a la Rhode Island School of Design y la universidad de Houston para otro programa doctoral (fue uno de los 20 aceptados entre 400 aspirantes).

Es una persona culta. Fue criado en una familia liberal y de tradición intelectual (su mamá es poeta y editora; su abuela materna es escritora y su abuela paterna, dueña de una galería de arte). Domina a Dostoievsky y ha leído a los clásicos. Escribe ensayos, colabora en periódicos y revistas, dirige documentales, termina un doctorado en Yale, quiere dirigir, es nominado al Oscar y, encima, hace reír. ¿Hay algo que James Franco no pueda hacer? EnWikipedia se afirma que tiene un metabolismo inusualmente alto, que se traduce en una habilidad sobrehumana para concentrarse.

Pero a lo que nos ocupa. Primero, los paratextos. La portada de Palo Alto Stories presenta el título del libro y el nombre del autor del mismo tamaño: letras en un tono rojizo que se degrada en amarillo –un atardecer californiano y tranquilo, paloaltense– sobre fondo azul marino. En la cuarta de forros, la fotografía del autor en blanco y negro (Franco mirando hacia arriba con gesto concentrado, sus facciones puestas al servicio de otra cosa, no hay duda de que se trata de una estrella de cine en el viejo sentido de la estrella de cine: Clark Gable, James Dean, el joven Robert DeNiro). Una biografía sucinta lo describe como director, guionista, artista y actor, incluyendo apariciones en filmes, específicamente en Milk, la película que le ganó buenas críticas, enPineapple Express, la película en la que más nos hizo reír (como el marihuano Saul Silver), en Spider Man, la película que lo llevó a la fama (como el hijo del Duende Verde), en Howl, la película de la que se enorgullece (donde interpreta a Allen Ginsberg) y la película que le ganó una nominación al Óscar, 127 Hours(dos horas de actuación visceral frente a una cámara).

Leer a James Franco es lo mismo que verlo en General Hospital: tenemos que apelar a la suspensión de la realidad. Leerlo no porque sea un libro de James Franco, sino porque es un libro (un libro es un libro es un libro). Aunque la verdad, debo decir, fui movida por la curiosidad más que por el interés genuino que proporcionaría, digamos, una reseña formidable de un autor desconocido. Con todo esto en mente, empecé a leer previendo la decepción. Después de todo, la regla es que el que mucho abarca poco aprieta. Así, la primera línea del primer cuento, “Halloween”“Ten years ago, my sophomore year in high school, I killed a woman on Halloween” (“Hace diez años, en mi último año de secundaria, maté a una mujer en Halloween”). Sigue un recuento en primera persona de una tarde de Halloween típica en Palo Alto, desde los ojos de un adolescente al que imagino monótono y sin ideas inteligentes, que al final atropella a una señora y se da a la fuga. La cosa se acaba ahí mismo, sin clímax ni nudo respetable, una anécdota relatada en un tonito deprimente y soso. Pero seguí leyendo y llegué, por ejemplo, a “American History”, sobre un adolescente que en clase tiene que debatir del lado de Mississipi durante la guerra civil, pretendiendo que apoya fervientemente la esclavitud. Para impresionar a la bonita del salón, se toma demasiado en serio su papel y termina ganándose una paliza de un grupo de estudiantes negros. El cuento es gracioso, pero sobre todo honesto; revela, sin corrección política, las dinámicas de un salón de clases norteamericano signado por el conflicto racial. Franco no interpreta ni ofrece las visiones esperadas (responsables) de un hombre culto: sencillamente relata. En esta omisión se encuentra un profundo respeto por el lector.

A lo largo de once cuentos, Franco reproduce el ambiente semiletárgico de la adolescencia californiana: los pequeños vicios, el sexo precoz, las relaciones vacías con los padres, el dolor del amor no correspondido a una edad en que todo es tan violento como definitivo. Todo desde una mirada cercana y sospechosamente realista, un modo de ver las cosas al que Franco se acerca con cautela. Al exhibir las vidas de sus personajes, no los entiende y tampoco los justifica. Los presenta solamente, con languidez respetuosa. Sus adolescentes evocan a los de Elephant o Paranoid Park, de Gus Van Sant (quien dirigió a Franco en Milk). Incluso en historias tan duras como Chinatown, sobre una niña de trece años a la que su novio y sus amigos violan consuetudinariamente, Franco permanece distante, casi apático.

Luego, las influencias. Cuando se habla de un cuentista, especialmente educado en talleres de “escritura creativa”, puede decirse que ha triunfado si se le compara con Carver, incluso si logra evocarlo. Esta comparación no podría ser más cierta con James Franco, que logra recrear la real americanadesde adentro, conmovido por los detalles:

On the way home Joe and I are driving down the empty freeway. It’s like two in the morning and we’re still pretty high, and if I look up, directly at the road lights above us, I can see kaleidoscopic rainbows building and turning on top of each other in the core of the bulbs.

And I feel like I’m remembering all this from somewhere, but I’m not sure where, and everything is a little hazy, and I remember that there is an angel named Michael, and he had a flaming sword, and…*

En otros cuentos, Franco narra desde la voz de niñas, primero desde la de una tímida, y más adelante, en un relato dividido en tres momentos, desde una adolescente precoz que se acuesta con su entrenador. Pero todo lo ve desde lejos:

Inside, he got me some water from the kitchen but I didn’t drink it. I just kissed him. I did it hard because I was angry with him and sad because of the game. And sad because soccer was the thing I knew how to do best. We went to the couch. I was wearing sweats and he undressed me and got a condom and I lay on my back and we did it, simple. And then it was over. I was fourteen.**

Es imposible que un libro sea sólo un libro. Palo Alto Stories no es solamente una colección de cuentos sobre crecer en Palo Alto durante los años noventa. Esencialmente es la obra de un artista que ha buscado explotar no nada más su talento, sino sus necesidades creativas. Palo Alto Stories es honesto. Es, también, una obra imperfecta con la tendencia a plagiarse a sí misma (en varios cuentos, distintos sets de adolescentes emplean el mismo leitmotiv de rellenar las botellas de licor de sus padres con agua o de rechazar citas de fin de semana porque desean quedarse en casa a ver Beverly Hills 90210). Pero enseguida la elegancia de la prosa amuralla las tramas, se vuelven atmosféricas: no importa mucho la anécdota que se cuenta, sino cómo se cuenta, con qué tiempo y desde qué lugar, para llevarnos de paseo más que transportarnos a un final.

Que James Franco se consagre a la escritura es una cuestión incierta; puede que no se consagre a nada nunca y continúe explorando otras formas de expresión, sin importar sus recursos o habilidades. Mientras tanto, ya conocemos el título de su primera novela, Actors Anonymous, que será publicada por Amazon Publishing este año.

____________

*Camino a casa Joe y yo manejamos por la autopista vacía. Son como las dos de la mañana y aún seguimos pachecos y, si levanto la mirada, directamente hacia las luces del camino sobre nosotros, puedo ver cómo los arcoiris caleidoscópicos se enciman y voltean entre sí, en el núcleo de las farolas.

Y siento como si estuviera recordando esto de algún lugar, pero no estoy seguro de dónde, y todo está un poco brumoso, y recuerdo que hay un ángel llamado Miguel, y tenía una espada ardiente, y…

**Dentro, me dio agua de la cocina pero no la tomé. Sólo lo besé. Lo hice con fuerza porque estaba enojada con él y con tristeza por el juego. Y con tristeza porque el fútbol es lo que sé hacer mejor. Fuimos al sillón. Estaba usando una sudadera y me desvistió y tomó un condón y me recosté y lo hicimos, simple. Y luego se acabó. Tenía catorce.

Anatomía de la revista

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1.

¿Somos lo que leemos? Si es así, los mexicanos somos un tabloide impreso en colores brillantes con una mujer en bikini en primer plano. La revista más leída en México es TvNotas. En Inglaterra es la TvGuide y en Estados Unidos es la revista de la AARP, la American Association of Retired Persons. Siguiendo con el estereotipo, lo que los franceses más leen es la mítica Paris Match, cuyo lema es históricamente conocido: le poids des mots, le choc des photos (el peso de las palabras, el impacto de las fotos). ¿Rusia? Zhiyin, una Cosmopolitan para que las futuras esposas por encargo luzcan hermosas en todo momento. Y en China, estado zen in a nutshellReader’s Digest, la revista con mayor circulación mundial. Cosas de la vida.

2.

El método es el siguiente: un sondeo informal en puestos de revistas ubicados en distintas zonas de la ciudad de México. De Indios Verdes a Polanco. De la Condesa a Iztacalco. El resultado siempre es el mismo. La revista más vendida, con un tiraje de 782 mil números semanales, esTvNotas. Una publicación de editorial Notmusa que surgió en 1994 y que hoy es la lectura número uno para muchos mexicanos.

3.

Un hombre en un puesto de revistas afuera de metro Indios Verdes. Un paradero de microbuses que se extiende varios metros: sobre el camellón hay un mercado multiforme, los puestos acomodados en bloques como los hexágonos de un panal. En la esquina de Colcahuac e Insurgentes Norte está el tenderete descolorido por el sol. Poco surtido, pero con un dueño alegre. Casi todas las revistas que exhibe son pornográficas. Si le preguntas qué se vende más, él contesta que novelas. Las señala. El título de una de ellas es El sofá del placer; la historia de esa semana, “Anastasia y sus tetas chuponas”. Varias de ellas son importadas: Purely 18, Taboo. Pero de otros títulos, nada. Eso sí, las sopas de letras también se venden considerablemente. “Las revistas de música casi no porque son caras”. Cuestan 35 pesos.

4.

En la esquina de Monte de Piedad y 5 de mayo, muy cerca del Hostelling International Catedral, el dueño de un puesto de revistas logra sus mejores ventas con las revistas para adultos. Sus principales clientes: gringos y extranjeros que aparecen para llevarse una Playboy y un mapa, casi religiosamente. En el paradero Cuatro Caminos, la revista más vendida (después, siempre después de TvNotas) es H Extremo. En Polanco, Arquímedes con Horacio, una respuesta extraña: después de ¡Hola! y Vanidades, revistas de tejido y crochet. En Jalapa y Puebla y en Hamburgo y Génova, TvNotas y Vanidades. En la central camionera del norte, Muy Interesante y Proceso. ¿También se le vende la Vogue, que cuesta 140 pesos? Sí. Los viajes largos lo ameritan.

5.

Estos son los precios para anunciarse en TvNotas: cuarta de forros, 331 mil 81 pesos; tercera de forros y segunda de forros (cada una), 305 mil 613 pesos; una página, 254 mil 562 pesos; media página, 140 mil 73 pesos y un tercio de página, 93 mil 768 pesos.

Un par de titulares de la última edición: “Mamá alivianada, ¡Nailea Norvind apoya que su hija mayor tenga novia!” y “Unidas por el dolor, Thalía y Laura Zapata lloran juntas la muerte de su madre”. Hagamos cuentas de la facturación por publicidad de esta edición: 19 anuncios de página completa, dos de media página y uno de un tercio de página; sumados a la cuarta, tercera y segunda de forros, da como resultado 6 millones 152 mil 899 pesos. Si cada edición obtiene este aproximado, las ganancias al mes son de más de 24 millones y medio de pesos. Casi 300 millones de pesos anualmente solo por concepto de publicidad. Como nota al margen, TvNotas vende más de 2 millones de ejemplares mensualmente. Sin embargo, los dueños de puestos de revistas adquieren cada ejemplar en la Unión de Voceadores con un 29% de descuento, es decir, por 15.60 pesos. Es mejor no hacer más cuentas.

6.

Los argentinos leen Pronto. Un porteño la define como la Caras del proletariado. Cuesta 4 pesos argentinos, menos de un dólar. Las revistas que menos se leen en México, según los dueños de puestos de periódicos: Newsweek, Milenio Semanal, Cambio, Impacto, Contralínea. Es la opinión de un hombre (oculto en su tejabán, las pestañas blancas, la piel enrojecida) en Tlalpan, Insurgentes Sur y Ayuntamiento. La síntesis política no vende. Una mujer en metro Chabacano dice que depende de los artículos. ¿Cómo cuál? La Rolling Stone, la Mega Póster, responde convencida.

7.

Los defeños le hacemos honor a los estereotipos. El dueño de un puesto de revistas en el corazón de la Condesa, en la calle de Michoacán, es un tipo alto, rubio, de barba. Tiene expansiones en las orejas y tatuajes. Demasiado cool para vender revistas. Dice que muchos de sus clientes solo se aparecen para encargarle un número. Por un mes no los ve. “Gente de la colonia”, me dice, como si habláramos de una fraternidad o, mejor, de una logia. Para entrar debes dejar tus gustos lumpen en la puerta.

8.

Una mujer en un puesto sobre avenida Cuauhtémoc se desahoga. “No entiendo a los editores, a los escritores, ¿por qué prefieren venderle la revista a tiendas como Sanborns? Allí la gente va nada más a leer, no se llevan la revista, la dejan ahí toda maltratada. A mí lo que me interesa es vender, gracias a mí hacen su negocio”. De la TvyNovelas, esa mítica revista que surgió en los años setenta, la señora solo vende un número a la semana, “si bien le va”. De muchas otras revistas también solo compra un número. De TvNotas, más de treinta.

9.

México no es un país de lectores. 2.9 libros por año es el promedio según la Encuesta Nacional de Lectura. Sin embargo, 39.9% de la población lee revistas. Son de más fácil acceso: una tercera parte del porcentaje anterior las consigue por medio de préstamos de familiares o amigos. El pass-along de TvNotas asciende a diez, los que leen un solo ejemplar. El de Quién, por ejemplo, es de 3.8.

10.

Junto con el Libro vaquero, formador de generaciones enteras de mexicanos, TvNotas se lleva el primer lugar de lectura, aunque el Conaculta no la reconozca como libro. En un país con índices de lectura tan bajos como México ¿la lectura de un tabloide de espectáculos es mejor que nada?


Ser feminista en 2011, ¿todavía?

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En un episodio de la cuarta temporada de Mad Men, la serie sobre publicistas neoyorquinos en los años sesenta, Peggy Olson está sentada en un bar con las luces bajas. Peggy no es una mujer convencionalmente hermosa, pero es tenaz: minó su camino de secretaria a copywriter, una de las buenas. Es talentosa, una mujer que hace el trabajo de un hombre en una época inconcebible. En esta escena, Peggy conversa con un tipo que a todas luces la corteja. Él es un intelectual típico de los sesenta, un progresista, las ideas bullendo del revisionismo marxista de Adorno y Horkheimer. La revolución es inminente. Hay un aire de protesta flotando, que es fino y delicado, pero que ahí, en esos años claves, está.

El intelectualillo habla de la injusticia de los corporativos, la forma en que “lanzan el dinero” que es, aunque él no lo nombra, tan capitalista. ¿Y cómo puede trabajar para esta gente, haciendo la publicidad de empresas que ni siquiera contratan negros? No puede creerlo, la poca consciencia social de esta chica, “estamos hablando de los derechos civiles, por Dios, de lo que es inequitativo en esta sociedad”. Entonces ella, permitiéndose un momento de indulgencia, de desahogo casi, comenta que muchas cosas que los negros hacen ella tampoco puede hacerlas. No puede jugar golf, no puede asistir a ciertos clubs. Y no hay copies negros, dice, pero pueden labrar su destino como ella lo hizo. Nadie la quería en la agencia, nadie sentía ningún respeto por su trabajo y aún ahora sufre la segregación a la que su sexo la condena.

El intelectualillo la escucha con la mirada en blanco. Y luego, con voz sardónica, pregunta ¿y qué quieres que hagamos, una marcha por los derechos de las mujeres?

El capítulo, que además se titula The beautiful girls, termina de una forma hermosa. Tres mujeres diferentes (la gerente de oficina, la copywriter en ascenso, la sicóloga soltera), enfrentadas al reto cotidiano de ser mujer, pero ahora en una nueva época, bajando juntas un elevador. Uniéndose, acaso sin saberlo, a la lucha de género.

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La marcha se hizo, pocos años después. Fue en Estados Unidos, incluso en Nueva York. No fue el primer acto por los derechos de las mujeres, pero la huelga por la igualdad, en 1970, fue uno de los puntos cruciales en la segunda ola del feminismo, iniciada en los años sesenta.

Hace unos días, las defeñas replicaron la Marcha de las Putas. Leo que la marcha se ha hecho en varias ciudades: de Toronto a Tegucigalpa. Que fue inspirada por la desafortunada frase de un policía canadiense, women should avoid dressing like sluts in order not to be victimized. Porque si ellas seducen deben cumplir. Porque a pesar de que la mujer es, ya lo dijo Natalia Flores, biología pura, el hombre, que es la razón, no puede contenerse ante la exhibición de sus carnes. De esos atributos que él no conoce, tan abandonado como queda a su lado animal si está frente a la tentación.

Vestirse provocativamente como atenuante para la agresión sexual tiene tanta lógica como dejar la ventana abierta como atenuante para robo a casa habitación. El ladrón que diga “no pude evitarlo, robarlos era inevitable” parece risible, pero hay quien piensa que ese mismo argumento, en la boca de un agresor sexual, tiene toda la lógica del mundo. ¿Un ejemplo? El presidente municipal de Navolato, Sinaloa, que pretende erradicar la minifalda de la vestimenta femenina para “evitar embarazos”. ¿Campañas de reproducción sexual? Qué va, el problema no está en la razón sino en el impulso. Recuerda al ex gobernador de Chihuahua, el infame Francisco Barrio Terrazas, que en 1993 atribuyó los feminicidios de Ciudad Juárez a la vestimenta. No eran chicas de buena lid, tuvieron lo que merecían.

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La Marcha de las Putas trajo el tema a la mesa: feminismo. Y entonces, la ignorancia. Twitter fue el hervidero de la discusión. Una selección de tweets que mencionan la palabra feminismo el domingo 12 de junio, el día de la Marcha de las Putas. @brisaruch, mujer: “Al menos es un atisbo de conciencia. Si hubiera cultura sabrían que el feminismo es tan peligroso como los demás esencialismos”. @butterocio, mujer: “no hablo del feminismo, que para mí es sólo la contraposición del machismo. Hablo de mujeres en su derecho a ser, pensar y decidir”. @herziliagato, mujer: “hay cosas en las que nunca seré consecuente, una de ellas es la doble moral del feminismo”. @cherryelix, mujer: “Tanto el machismo como el feminismo no debería de existir (sic). No concuerdo con ninguna de las dos”. @luislamz, hombre: “el feminismo es machismo rosa, tal cual”. @Tales_Milet, hombre: “Feminismo: palabra que el hombre le dio a la mujer para que se entretenga”. @CualquierCabron, un cabrón cualquiera: “Feminismo de rancho es lo único que se puede esperar en un país que todavía requiere vagones exclusivos para mujeres en el metro”.

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El tema del último mes es Dominique Strauss-Kahn, ex director del Fondo Monetario Internacional, acusado de presunta agresión sexual a la empleada de un hotel en Manhattan. No es la primera vez que es denunciado por su conducta sexual, un hombre que donde pone el ojo pone la bala, de naturaleza inquieta. En el blog de Letras Libres, Alejandra Isibasi cita a un terapeuta manhattanita que trata a fauna de Wall Street, hombres con poder para quienes el impulso siempre antecede a la acción, hombres que siempre, o eso creen, se saldrán con la suya. Isibasi comenta: “esto agrega una dimensión sistémica al drama personal de Strauss-Kahn y explicaría –sin justificar– la sensación de impunidad que se resiente en su historia con las mujeres”.

La periodista Elaine Sciolino escribe en el New York Times que, históricamente, los franceses son más tolerantes con las vidas privadas de los hombres de poder, pues desde la época cortesana la información no verificada corría libremente para el entretenimiento del vulgo. Esto no exime a Strauss-Khan de varios delitos que no sólo lo separan de su deseo de contender por la presidencia de Francia, sino que lo tipifican como un agresor de mujeres.

Cuando eres un hombre poderoso, importa mucho con quién te metes a la cama. Cuando eres una mujer, marca toda la diferencia. Varias décadas de liberación femenina no han evitado que las mujeres salgan más perjudicadas de un escándalo sexual. El ejemplo más famoso: Monica Lewinsky. Vamos, Bill Clinton recuperó su prestigio y hasta se reconcilió con su esposa. ¿A qué suena? A que la sociedad tiende a ser más permisiva con los hombres que se muestran arrepentidos. Lewinsky, en cambio, porta aunque no queramos admitirlo una letra escarlata. La reputación es como un recordatorio invisible de lo que hiciste y de lo que ya no podrás ser.

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¿Quieren cifras? INEGI tiene varias: el desempleo en el sector femenino subió en un 0.6% durante la década de 2000 a 2010. De 1990 a 2005 se duplicaron los hogares monoparentales comandados por mujeres (6 millones, 24% de la totalidad de hogares en México). Sí, las mujeres constituyen el 35% de la fuerza laboral del país, pero ganan 12.6% menos que los hombres.

¿La ley? En Guanajuato el aborto es considerado homicidio y se castiga con mínimo tres años de cárcel. Hay mujeres que han sido condenadas a veinticinco años.

Ahora hay que preguntarle a los que consideran el feminismo como un “machismo rosa”, como un “esencialismo” igual de peligroso que la misoginia, si la lucha por la equidad de género no es necesaria. Si hoy, al igual que en los años sesenta, parece absurdo unirse a una marcha por los derechos de las mujeres. Y con los datos sobre la mesa, con la realidad de un país en el que los feminicidios en Ciudad Juárez no sólo no son esclarecidos sino obscenamente ignorados, por hombres como Plata Insulza y Barrio Terrazas, porque una marcha por nuestros derechos sexuales es motivo de mofa y descalificación, la única respuesta sensata es que sí lo es. Esos avances de los que nos jactamos, esa pretendida igualdad de género, no existen aún. No en el sentido práctico de nuestras vidas y de nuestro papel en la sociedad. No en nuestra participación económica. No en nuestra salud reproductiva. Esa lucha que apenas se gesta en los años sesenta no es menos pertinente hoy, ni menos necesaria. Aunque suene incómodo cuando se dice.

Feo vs bello, según la industria de la moda

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Bello

Se llama Shaun Ross. Es de raza negra, albino. Entre los apodos que se ganó en la adolescencia estaba Cum. El mundo es cruel con los que son distintos. Pero Shaun es tan distinto y particular, tan único e improbable, que de hecho hoy es modelo. Trabaja para la agencia Djamee, en Nueva York. En el catálogo web de Djamee está el Top 50 de modelos masculinos: la gran mayoría es de pelo negro, facciones afiladas, aire mediterráneo.

Ross, que además es gay, sobresale entre todos ellos como un negativo. Su gesto es concentrado cuando recibe indicaciones, un ojo se le va para un lado. Tiene un abultamiento entre la nariz y la ceja, que a veces le retocan. Nació en 1991, es joven, tiene un futuro prometedor. Es diferente.

Diandra Forrest es como él. De raza negra, albina. Su pelo es amarillo, aunque teñido. Su piel es lechosa. Es alta y delgada, de brazos tonificados. En las pasarelas y en las fotografías, siempre tiene un aire digno y misterioso.

Ella y Shaun son, a su vez, réplicas modernas de Connie Chiu, la primera modelo albina, de origen chino.

Es irresistible preguntarse si el albinismo es aceptado en la industria de la moda cuando aparece en una raza imposible, cuando la mezcla es tan absurda y exótica que invita a la admiración. Si el que desfila logra ser tan excéntrico como lo que porta, ¿la belleza es alcanzada a través de la rareza?

Feo

Ugly Models presenta a Elaine Jackson. Sus medidas: 1,70 de altura, 132 de cintura. También es de raza negra y, a simple vista, podría decirse que es obesa. También está Ewa Idzik, a quien se le forman arrugas al sonreír. Su espalda está cubierta de tatuajes. Helen Oliver: cirugías plásticas evidentes. Lily Clements: casi 200 kilos de peso, rubia, vestida con corsé negro y medias de red, mirada iracunda. Es una badass. No le importa su peso y no le importa que te importe. Adrian Dalton: vestido de enfermera drag. Barry McBrearty: tiene barba, pelo largo, parece un habitante del Lower East Side que se baña una vez a la semana. Y así. Todos son peculiares.

O, tal vez, su peculiaridad radica en no tenerla. En ser normales y ordinarios. En no parecer modelos sino personas como las que te cruzas todos los días, o por lo menos si vivieras en Estados Unidos, tierra de la diversidad. Ugly Models, porque se parecen a nosotros.

Bello

Alexander McQueen murió hace dos años. Su legado al mundo de la moda es tan importante como el que dejó al de las letras, digamos, David Foster Wallace al suicidarse. De hecho, McQueen también se suicidó.

Anna Wintour, editora de Vogue (y, como cualquiera sabe, una figura clave en la industria) dijo de él que su imaginación era “vívida e inspiradora”. La importancia de su obra es tal que el Metropolitan Museum of Art (MET) en Nueva York montó una exhibición con sus creaciones llamada Savage Beauty.

Para la colección primavera-verano 2010, que se presentó en el segundo semestre de 2009 como marca la regla, un diseño de zapatos dividió la opinión de los críticos: se trataba de los famosos stilettos rebautizados Armadillos, que medían doce pulgadas (sí, casi cuarenta centímetros de alto, poco menos de medio metro) y tenían la forma de una pezuña monstruosa cubierta de piel de pitón y otros materiales repelentes a la vista.

Daphne Guinness fue la primera mujer que desfiló con los Armadillos en un evento oficial (esto es, una alfombra roja). Guinness es una modelo de culto, rebasa los cuarenta y recientemente le confió al New Yorker que “comerá cuando esté muerta”. Musa de McQueen, desde luego, pues representa todas las cualidades que, a su vez, son endémicas de las creaciones del diseñador inglés: una especie de decadencia celebrada, un impulso de muerte, una originalidad salvaje e inquietante. Los desfiles de McQueen eran performances conceptuales, una declaración de principios que mutaba en controversia casi en todos los casos.

McQueen era un artista. Era un hombre con talento corriendo por las venas. Su inventiva en la alta costura marca un hito, como los hombres que posan su mano en un arte y lo transforman.

Feo

Gracias a McQueen, las mujeres del mundo pueden agradecer el progresivo decline de su silueta y desvanecimiento de aquello que antes conocíamos como cintura. Con la aparición de los primeros bumsters (pantalones a la cadera, de talle muy, muy bajo), la forma de usar jeans cambió en menos de una década. La lonja adquirió relevancia y protagonismo, puesto que pocas féminas tienen la capacidad fisonómica de una modelo para portar los pantalones a la cadera con dignidad. Y el cuerpo de una generación entera se arruinó. Los noventa nos miran desde la comodidad de sus pantalones a la cintura, riendo bajo el amparo de su figura intocable.

¿Acaso la belleza es inaccesible? ¿Acaso la belleza reside en aquello que no podemos tocar, que no nos pertenece?

Shaun y Diandra y Connie son, bajo la óptica de otras culturas, otros tiempos, seres antinaturales. Tanto los Armadillos como una gran porción de los atuendos de McQueen son chocantes a la vista. Pero bajo la referencia exacta, su magnificencia adquiere el cáriz preciso: son manifestaciones relevantes de una época, marcadores específicos de una transformación cultural.

Antes de que algo sea bello, tuvo que parecer feo en su peculiaridad. Una vez aceptado bello, empieza a abrazar su decadencia.

 

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Las cárceles elegidas, de Doris Lessing, fue escrito en 1985 (el libro es en realidad una colección de cinco conferencias).

Una parte dice:

Mientras tanto, observamos a las generaciones posteriores que pasan por lo mismo y, sabiendo de lo que somos capaces, tememos por ellas. Tal vez no sea exagerado decir que en estos tiempos de violencia nuestro deseo más benigno y sabio para los jóvenes deba ser: “Esperamos que su periodo de inmersión en la locura de grupo, en la mojigatería de grupo, no coincida con algún periodo de la historia de su país en que puedan poner en práctica sus ideales criminales y estúpidos. Con un poco de buena suerte, saldrán muy mejorados por su experiencia de lo que son capaces de hacer en materia de fanatismo e intolerancia. Comprenderán perfectamente cómo las personas cuerdas, en los periodos de locura pública, pueden asesinar, destruir, mentir y jurar que lo negro es lo blanco.

London riots. La foto es de esta nota en The Guardian.

Otra parte:

Todo Estado depende precisamente de la lealtad apasionada y de la sujeción a la presión de grupo. Desde luego, unos más que otros. El Irán de Jomeini y las sectas extremistas islámicas, así como los países comunistas, se encuentran en un extremo de la escala; países como Noruega, en cuya fiesta nacional los niños, vestidos con atuendos folclóricos, llevan flores, cantan y bailan sin que haya a la vista un solo tanque o un cañón, se encuentran en el otro.

El nacionalismo llevado al extremo: la cara de satisfacción de Anders Behring Breivik, el asesino múltiple de Noruega. Convencido de su deber de rescatar a su nación del multiculturalismo cancerígeno (como Adolfo en su tiempo). La foto es de esta nota de The Telegraph.

Otra:

Puede parecer hoy que las personas aleccionadas para emplear con eficiencia las últimas tecnologías son la élite del mundo; pero a largo plazo creo que las personas preparadas para tener, asimismo, ese punto de vista que solía llamarse humanista -punto de vista a largo plazo, general, contemplativo- serán las que ejerzan mayor influencia. Simplemente porque comprenden más de lo que está ocurriendo en el mundo.

Me lleva a fragmentos del artículo “Ciudad Juarez is all our futures. This is the inevitable war of capitalism gone mad”, de Ed Vulliamy, en The Guardian también.

On the surface, the combatants have the veneer of a cause: control of smuggling routes into the US. But even if this were the full explanation, the cause of drugs places Mexico’s war firmly in our new postideological, postmoral, postpolitical world.

People often ask: why the savagery of Mexico’s war? It is infamous for such inventive perversions as sewing one victim’s flayed face to a soccer ball or hanging decapitated corpses from bridges by the ankles; and innovative torture, such as dipping people into vats of acid so that their limbs evaporate while doctors keep the victim conscious.

I answer tentatively that I think there is a correlation between the causelessness of Mexico’s war and the savagery. The cruelty is in and of the nihilism, the greed for violence reflects the greed for brands, and becomes a brand in itself.

So Mexico’s war is how the future will look, because it belongs not in the 19th century with wars of empire, or the 20th with wars of ideology, race and religion – but utterly in a present to which the global economy is committed, and to a zeitgeist of frenzied materialism we adamantly refuse to temper: it is the inevitable war of capitalism gone mad

No hace falta poner fotos de la violencia del narco.

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En una parte de I’m Still Here, Joaquin Phoenix se pregunta, desesperado: is the dream unattainable or is it just the wrong dream?

Qué película-documental-mockumentary tan desgarrador. Se necesitan muchas agallas para llevar un performance más allá de las dos horas de una cinta y encarnarlo en cambio en tu vida diaria, interpretando el papel del actor lunático y talentoso que flipa de repente. Las mismas agallas que se requieren para gritarle a un tibio Ben Stiller cuando te muestra un guión, ver cómo se queda sin palabras, pero luego se venga burlándose de ti en una entrega de premios. Todo lo que es repulsivo, triste y ridículo de la industria: una broma monumental, una tomadura de pelo, un hoax que muchos considerarán de mal gusto, pero que encierra en la burla su tesis misma: no toleramos la decadencia.